¿DE DÓNDE VIENE LA MISIÓN CRISTIANA?

Nuestro carro se ha adelantado mucho. Damos reversa y regresamos al principio, al lugar donde la chispa de las misiones nació. No hablamos de un viaje corto ni de un recuerdo lejano. Retrocedemos hasta el silencio eterno, donde no había polvo cósmico ni mares rugientes, donde no existía aún la palabra “principio” porque el tiempo mismo no había comenzado a correr.

Imagina ese escenario: sin relojes, sin amaneceres, sin historia. Solo eternidad. Allí, en ese espacio sin fronteras, la misión ya ardía como una fogata invisible, encendida en el corazón de Dios.

 

La fogata que arde desde la eternidad

Antes de que existieran galaxias, antes de que la voz de un ángel llenara el cielo, antes de que la primera gota de agua brillara sobre la tierra recién creada, ya estaba Dios.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: perfectos en amor, completos en gozo, sin carecer de nada. En esa comunión eterna no había soledad ni vacío. El Padre amaba al Hijo, el Hijo se deleitaba en el Padre, y el Espíritu los unía en un círculo eterno de vida y alegría. Dios era completo en Sí mismo.

Y allí, en esa plenitud, ardía nuestra fogata familiar: una llama que no necesitaba madera ni oxígeno, porque estaba alimentada por el amor eterno. Esa llama nunca se apagó; sigue ardiendo hoy y nos invita a acercarnos, a calentarnos en su luz y a participar en su misión.

 

El amor que se desborda

El amor, por naturaleza, no se queda quieto. El amor se expande, se derrama, se desborda. Desde la sobreabundancia de Su bondad, Dios habló. Galaxias comenzaron a girar, los océanos rugieron, y la vida brotó en colores y canciones que ningún oído humano había escuchado.

La creación fue la primera gran expresión de Su amor; la redención por medio de Cristo sería la segunda.

 

Más antigua que las estrellas

 Contrario a lo que muchos piensan, la historia de las misiones no comienza en el libro de Hechos.

Comienza antes de que existieran las estrellas —antes del mismo tiempo— dentro de la comunión eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Desde la primera promesa en Edén acerca del vencedor de la serpiente, pasando por el llamado de Abraham, las canciones de David y las advertencias de los profetas, la misión de Dios atraviesa cada página de las Escrituras.

No es un pensamiento de último momento. No es un proyecto temporal. Es la Historia misma —desde antes de la primera luz hasta después de la última lágrima.

Apocalipsis 13:8 nos recuerda que Cristo fue entregado “desde antes de la fundación del mundo”, mostrando que la misión redentora estaba decidida desde la eternidad.

 

El envío no es nuevo, es eterno

Tampoco comienza cuando Jesús dijo: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos” -Mateo 28:19ª (DHH).

Por crucial que este mandato sea, Jesús no estaba lanzando una estrategia novedosa. Estaba invitando a Sus discípulos —y a nosotros— a entrar en una historia supremamente antigua: la historia de Dios alcanzando a las naciones con Su amor redentor.

Antes de que existiera la Iglesia, ya ardía la fogata. La misión sigue ardiendo hoy: no se ha apagado ni ha perdido fuerza. El mismo Dios que encendió la llama en la eternidad es quien hoy nos llama por nombre y nos invita a ser parte de Su historia.

Nos invita a acercarnos al fuego, a dejarnos abrazar por el amor que nunca se apaga y a permitir que esa llama renueve la manera en que vivimos, creemos y andamos.

La misión no se contempla desde afuera: se vive dentro del fuego eterno, en su luz, como parte inseparable de nuestra identidad. No estamos llamados a vivir al margen de ese fuego, sino a habitar en su luz y dejar de observar la misión desde la distancia para comenzar a vivirla como lo que somos.

 

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