Sentados frente al fogón, mientras la olla de barro hierve despacio, descubrimos algo clave: la misión de Dios no se cocina a solas. No son los individuos aislados quienes llevan adelante Su propósito, sino el conjunto de creyentes que conforman la Iglesia.
El plan de Dios para las naciones no es un sueño lejano ni una idea abstracta. Es un proyecto vivo, eterno y en marcha. Lo sorprendente —y desafiante— es que Dios decidió llevarlo a cabo a través de la Iglesia.
La Iglesia no es un agregado al plan de Dios: es parte del diseño
La Iglesia no es espectadora de la obra de Dios ni un “plan B”. Es parte del diseño original: Es el instrumento central que Dios eligió para mostrar Su gloria y extender Su salvación en el mundo. Desde el principio, Dios ha estado formando un pueblo que refleje Su carácter entre las naciones. Lo que comenzó con Abraham —“en ti serán benditas todas las familias de la tierra”— encuentra su expresión plena en la Iglesia de Jesucristo.
Existimos porque Dios es misionero. No realizamos misiones para justificar nuestra existencia; existimos porque Dios tiene una misión y nos invita a participar en ella.
El papel principal de la Iglesia: conocer a Dios y hacerlo conocido
Nuestro primer llamado no es llenar agendas, ni sostener estructuras, sino conocer a Dios de manera viva, caminando en obediencia y dependiendo de Su presencia en lo cotidiano. El segundo llamado fluye naturalmente: hacer que sea conocido. La Iglesia no existe para sí misma, sino como medio por el cual la esperanza de la salvación se extiende a toda criatura, no solo con palabras, sino con una vida que encarna el Evangelio.
La misión no es un programa agregado ni una actividad más en la lista. Es la expresión natural de una comunidad que conoce a su Dios y lo hace visible en cada rincón de la vida.
La Iglesia sigue a una Persona, no a una estrategia
Jesús no es solo fundador ni Cabeza de la Iglesia; Él es el Señor de la mies. La misión no se sostiene por planes humanos, sino por Su liderazgo vivo y por los planos revelados en Su Palabra. Cuando respondemos a Su llamado, no ejecutamos una estrategia misional: seguimos a Cristo mismo, quien prometió edificar Su Iglesia de tal manera que ninguna fuerza de oscuridad podrá detenerla.
El peligro de una iglesia desalineada
No toda iglesia ocupada está alineada. Podemos tener agendas llenas y estructuras impresionantes, y aun así estar construyendo fuera del plano del Arquitecto Divino. Una iglesia que ignora el plan de Dios puede verse fuerte por fuera, pero será frágil por dentro. Solo lo que se edifica conforme a Su diseño permanece.
¿Cómo se ve una iglesia alineada con el plan de Dios?
Una iglesia alineada escucha antes de actuar, prioriza la oración y el discernimiento, busca la presencia de Dios antes de hacer planes, camina en obediencia más que en novedad, forma líderes en la Escritura y mide el éxito por fidelidad, no por fama. Además, permanece dispuesta a realinear métodos y prioridades, volviendo siempre a los planos de Dios.
La Iglesia como instrumento del plan que no falla
Dios ha elegido a la Iglesia —con todas sus limitaciones— para dar a conocer Su gloria entre las naciones. No porque seamos perfectos, sino porque Él es fiel. La verdadera pregunta no es si Dios cumplirá Su plan, sino si nosotros caminaremos alineados con Él.
Cuando la Iglesia vive según el diseño del Arquitecto Supremo, se convierte en una herramienta poderosa en Sus manos. Y cuando sigue al Señor de la cosecha, participa activamente en el plan que transformará a las naciones para la gloria de Cristo.
La Iglesia no existe para sí misma. Existe para que Cristo sea conocido en todas las naciones.

