Estamos sentados frente al fogón, cocinando despacio la idea de las misiones. Mientras el fuego arde, una certeza se afirma: Dios tiene un plan para las naciones. No es una idea vaga ni una intención pasajera. Es un propósito eterno que Él mismo está llevando adelante, con paciencia, fidelidad y dirección.
Pero esa certeza enciende una pregunta que ya no podemos esquivar: Si el plan ya existe, ¿qué significa para nosotros? ¿Dónde entramos tú y yo en esta historia que Dios está escribiendo?
La misión de Dios no es un espectáculo para mirar desde la distancia, ni un proyecto reservado para unos pocos “radicales”. Es una invitación abierta a participar. Y esa invitación nos confronta con algo clave: sobre qué fundamento vamos a construir nuestra fe y nuestra misión.
No basta con construir: importa dónde
Jesús lo dijo sin rodeos: “El que oye mis palabras y las pone en práctica es como un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca” (Mateo 7:24).
- Ambos construyen.
- Ambos invierten tiempo y esfuerzo.
- Ambos parecen firmes… hasta que llega la tormenta.
- La diferencia no está en la intención, sino en el fundamento.
- El problema no es pasión, sino alineación
En la misión pasa lo mismo. Podemos estar muy ocupados haciendo cosas “para Dios” —eventos, programas, viajes, estrategias— y aun así estar construyendo sobre arena. Mientras todo va bien, nadie lo nota. Pero cuando llegan el cansancio, la frustración o la falta de resultados, lo que no está anclado en la roca se desmorona.
El activismo no reemplaza la obediencia. La emoción no sostiene lo que solo Dios puede afirmar.
La roca no es una idea: es obediencia
Jesús no dijo: “El que me oye y se emociona”. Dijo: “El que oye… y hace”.
Construir sobre la roca es rendirse al plano de Dios. Es aceptar que la misión no empieza con nuestras ideas, sino con Su voz. Dios no está buscando iglesias famosas ni proyectos llamativos; está buscando personas y comunidades que escuchen y obedezcan, incluso cuando eso no se ve impresionante.
La misión no se trata de visibilidad, sino de fidelidad. No de velocidad, sino de dirección.
¿Cómo se ve una fe alineada con el plan de Dios?
No siempre luce espectacular, pero es profundamente sólida:
- Personas que escuchan antes de actuar, y no al revés.
- Comunidades que buscan la presencia de Dios antes que resultados rápidos.
- Líderes que miden el éxito por fidelidad, no por números.
- Jóvenes que descubren que conocer a Dios es lo primero… y hacerlo conocido es la consecuencia natural.
Es una fe que no se construye a las carreras. Es una fe que se cocina a fuego lento, en el fogón de la vida diaria: escucha, paciencia, comunidad y obediencia.
Jesús y Pablo: el mismo fundamento
Jesús habló de edificar sobre la roca. Pablo lo dijo con otras palabras: “Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Corintios 3:11).
El mensaje es el mismo: no basta con construir; importa sobre qué construimos. La misión no se sostiene en modas, estrategias o emociones pasajeras, sino en Cristo mismo. Él es la roca, el fundamento seguro, el plano perfecto.
La verdadera pregunta
La misión no es un programa para unos pocos ni una opción para los más “radicales”. Es el plan de Dios para Su mundo. La pregunta no es si Dios tiene un plan para las naciones —porque lo tiene y lo cumplirá—. La verdadera pregunta es otra: ¿Sobre qué estamos construyendo nuestra fe y nuestra misión? ¿Arena que se mueve con las modas… o la roca firme de la palabra de Jesús? Porque cuando la tormenta llega —y siempre llega— solo lo que está edificado sobre la roca permanece.

