LA IGLESIA, ANTORCHA EN MISIÓN

El campamento ya irradia luz. La fogata, milagrosamente, se levanta de la tierra y se convierte en una antorcha gigante. La noche continúa, pero cerca de la Antorcha casi no se percibe. Las llamas no son nuevas; han sido alimentadas una y otra vez a lo largo del camino.

El mapa de la misión descansa sobre la mesa, iluminado por la Antorcha para quienes desean ver sus promesas y la ruta que traza. Pronto llegan doce varones con antorchas en las manos. Cada uno enciende la suya y las acercan a la gran Antorcha, como símbolo de unidad y propósito.

Jesús no vino al mundo para brillar solo por un momento. Su luz no fue un destello pasajero, sino una llama destinada a multiplicarse. Antes de regresar al Padre, dejó claro que la misión continuaría en manos de Sus discípulos: “Ustedes son la luz del mundo . Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar” —Mateo 5:14 (NBLA).

Con estas palabras, Jesús redefinió la identidad de Sus seguidores. Ya no serían solo receptores de la luz, sino portadores de ella. La misión que comenzó con Israel y alcanzó su plenitud en el Mesías ahora se extendía por medio de la Iglesia.

Aunque Su ministerio terrenal ocurrió en Israel, Su visión nunca estuvo limitada por fronteras: vino para encender corazones en cada nación, hasta lo último de la tierra. Antes de ascender, trazó el mapa del avance: “Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” —Hechos 1:8 (NBLA).

Desde Pentecostés: la luz se expande

En Pentecostés, el fuego descendió sobre muchos. El Espíritu Santo encendió a la Iglesia, transformando discípulos temerosos en testigos valientes. La luz ya no se concentraba en un solo punto; comenzó a extenderse en todas direcciones.

La Iglesia entendió que no era dueña de la luz, sino su administradora. La llama le había sido confiada con una responsabilidad: avanzar, no estancarse; iluminar, no esconderse.

Pablo lo expresó con claridad: los creyentes deben brillar como “luminares en el mundo, sosteniendo firmemente la palabra de vida” —Filipenses 2:15b–16a (NBLA).

No se trata de un brillo pasivo. La luz del Evangelio es activa, penetrante y santa. Como dijo un predicador: estamos llamados a “abrir agujeros en la oscuridad”. Donde la Iglesia llega, la noche no puede permanecer igual.

Una carrera de relevos que no se detiene

La misión de Dios es como una carrera de relevos: la antorcha pasó de Abraham a Israel, se encarnó en Cristo y ahora avanza por medio de la Iglesia. Cada corredor recibe la llama no para admirarla, sino para correr con ella.

Por dos mil años, la Iglesia ha llevado esa antorcha a través de culturas y generaciones: desde Jerusalén hasta Corinto, desde los desiertos de África hasta las ciudades modernas llenas de luces artificiales pero corazones en oscuridad. La llama sigue avanzando.

La misión no cambió, cambió el portador

Portar luz siempre implica responsabilidad. Israel lo aprendió de manera dolorosa: fue llamado a ser un reino de sacerdotes, pero muchas veces guardó la luz para sí.

Eso no significó el fin del plan de Dios. Con la venida de Cristo y el nacimiento de la Iglesia, el llamado pasó a un nuevo pueblo: judíos y gentiles unidos por la fe.

“Cristo nos redimió… a fin de que en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles, para que recibiéramos la promesa del Espíritu mediante la fe” —Gálatas 3:13–14 (NBLA).

Pedro retoma el mismo lenguaje que antes se aplicaba a Israel y lo dirige a la Iglesia: “Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable” —1 Pedro 2:9 (NBLA).

La misión nunca cambió: Israel y la Iglesia fueron llamados a anunciar la luz, no a guardarla.

La carrera no terminó en Jerusalén; la antorcha sigue en movimiento. Cada creyente que recibe la luz corre hacia la oscuridad con la llama en alto.

Hoy la Iglesia levanta la antorcha en hogares y ciudades, en aldeas y redes digitales. La luz que descendió en Pentecostés arde aún en cada corazón que cree.

La misión no es opcional, es identidad. Somos portadores de una llama confiada por Cristo, y no corremos solos: Su presencia asegura que la oscuridad nunca tendrá la última palabra.

La antorcha está en nuestras manos. La carrera continúa. La luz avanza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *